La verdad sería una experiencia intransferible que se correspondería con el fluir de nuestras representaciones mentales de lo que “las cosas son”.

Al conquistar percepciones y conocimientos acontecen ignoradas experiencias de lo que es “verdadero para mí”. De esta manera, la verdad sería una experiencia intransferible que se correspondería con el fluir de nuestras representaciones mentales de lo que “las cosas son”.

La idea de verdad como un conocimiento absoluto no resultaría asequible. Sin embargo, la verdad como realidad individual existiría y podríamos entenderla como la correspondencia entre nuestras representaciones mentales, las experiencias que de ellas devienen y la comprensión adquirida a partir de las mismas.

Si nuestras representaciones mentales son de naturaleza mundana y están orientadas a la satisfacción de deseos inmediatos; mediante nuestras palabras, actos y elecciones convocaremos experiencias en correspondencia con este entendimiento del mundo. En cambio, si el espacio de representaciones es ocupado por el genuino interés en los otros –el bien común, alguna causa–, mediante nuestras palabras, actos y elecciones produciremos experiencias afines.

Las representaciones, comprensión y experiencias se tornan palpables: las podemos degustar, oler, observar.

Lo verdadero para mí distaría de sofisticadas intelectualizaciones disociadas de las experiencias. Constatamos que algo es verdad para mí, cuando las representaciones las experimentamos con los cinco sentidos y, en alguna medida, las comprendemos.

Es evidente, a medida que progresamos en conciencia –e integración de la psiquis–, lo verdadero fluye: nuestra percepción-conocimiento se desplaza hacia “foraneas verdades”.

Si progresamos en conciencia –e integramos la psiquis–, quizás, arribemos a la instancia donde nuestras representaciones estén motivadas por percepciones de abundancia; entonces, nuestras experiencias serán satisfactorias, incluyentes, abiertas. Comprenderemos al mundo como una totalidad, donde nos expandimos dando.

Cuando nos motiva la abundancia estamos propensos a “ocuparnos de los otros”, queremos compartir aquello que abunda: ideas, conocimiento, amor, dinero, etcétera.

Un ejemplo dentro de millones, es el del Dr. Albert Sabin9 quien luego de arduo trabajo y vivir una vida personal de limitaciones, alcanza su propósito: desarrollar una vacuna que permitiría salvar a millones de niños del flagelo de la poliomielitis. En una entrevista periodística le inquieren: “¿A quién otorgará usted la patente de su vacuna?” Él, asombrado, responde: “¡Mi trabajo pertenece a la Humanidad! No tiene un dueño.” Su experiencia de la verdad: mis conocimientos y logros aspiro compartirlos con todos los niños del mundo. Un discernimiento propio de quienes planean elevados estadíos de conciencia.

 

© Margarita Llada, El poder creador de la conciencia. Una teoría integradora de la evolución humana, editorial Dunken, 2013. 

Publicado en Socio y Psicología

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